A QUIEN CORRESPONDA (12Ago09)
Estimados padres y madres de hijos de jugadores de carneros:
Me dirijo a ustedes para compartir unas reflexiones sobre nuestro papel en relación a la vida deportiva de nuestro(s) hijo(s). Sobre todo a los padres de los jugadores de las categorías Junior Peewee, Peewee, Junior Midget y Junior Bantam.
A todo padre o madre nos ilusiona y nos encanta ver a nuestros vástagos ser exitosos, que triunfen en la vida y aspiren siempre a lo mejor. En el Football Americano hay una máxima atribuida a Vince Lombardi que repite hasta el cansancio, “ganar no lo es todo, es lo único” (aunque otros dicen que dijo “ganar no lo es todo, pero querer ganar sí”) y muchos lo utilizamos para animar y motivar a nuestros hijos a que logren “sus“ objetivos.
Sin embargo, “sus” objetivos, sobre todo los deportivos, son más bien “nuestros” objetivos loa cuales queremos ver reflejados o cumplidos en nuestros hijos y entonces la “motivación” se convierte en una coacción psicológica hacia nuestros jóvenes. Muchas veces empezamos a “preparar” a nuestros descendientes jugadores comentando, cada que tenemos oportunidad, sobre el próximo partido y llenamos nuestras conversaciones con frases “les vamos a ganar” “somos mejores que ellos” “tienes todo para ganar” “no te dejes apantallar por lo otros, eres mejor que aquellos” “necesitas corregir esto o aquello” “fíjate bien en lo que haces, especialmente en…” etc. no dejando descansar mentalmente a los jugadores, abrumándoles constantemente con nuestras apreciaciones, esperando demasiado de ellos. Nos vamos convirtiendo en un modelo de padre o madre que presiona, obliga, se dedica a ser entrenador de su hijo, lo reta cuando hace algo mal, vive los triunfos y las derrotas de su hijo como si fuesen propias y como si el orgullo familiar se pusiera en juego en el siguiente partido o algo así. Vamos transformando el juego, que debería de ser una actividad lúdica, libre, competitiva y voluntaria, donde se juega el deseo propio y no el deseo del otro; en intimidación y amenaza hacia nuestro hijo jugador, ejemplo de lo anterior es cuando los chicos miran aterrados las caras de sus padres y entrenadores después de haber cometido un error de juego. Los niños descubren en el gesto de los mayores el error de ellos y eso los pone mal. No pueden equivocarse libremente y sin conflicto, como debería ser.
Los niños y adolescentes participan en el deporte por razones relacionadas con el desarrollo de la competencia, la afirmación de las amistades, la mejora de la forma física y la consecución de la diversión. Son los padres y sus "sustitutos", los entrenadores, los que pueden equivocar los objetivos. A ellos hay que sumar los organizadores de las competencias deportivas. Ellos son los agentes motivantes y de "socialización". Los que dictaminan el cuando, el cómo, el dónde, con quién, en qué circunstancias y con qué consecuencias empieza el niño o el joven a practicar deporte. Sin embargo en una filosofía en dónde el ganar lo es todo, los deportistas más jóvenes pueden perder oportunidades de desarrollar sus destrezas, disfrutar con la participación y, sobre todo, formarse como personas. Muchas veces las presiones de los padres a los jugadores a lograr victorias los llevan a que tengan estrés, ansiedad y angustias, que como adolescente no pueden controlar.
Ante lo anterior, ¿qué puedo hacer? ¿cómo motivar a mi(s) hijo(s)? ¿cómo apoyarlos a que jueguen dando lo mejor de sí mismos?. Tal vez haciendo lo siguiente:
- Facilitar a nuestros hijos que realicen el tipo de actividad deportiva que más les guste, en lugar de la que más nos gusta a nosotros, esto se logra cuando empezamos a preguntarles los motivos y las razones por las cuales prefiere ir a entrenar, a jugar ese deporte en específico;
- Interesarnos por el deporte que practica nuestro/a hijo/a: si le gusta, si se divierte, si progresa y aprende, asistiendo a las competiciones o actividades en las que participe, ... ganar es importantes, pero lo es mucho más el esforzarse por dar lo mejor de uno mismo. El deportista debe acudir a los entrenamientos y competiciones con la intención de mejorar al máximo sus habilidades físicas, técnicas y tácticas, para conseguir que el éxito en las competencias deportivas sea el resultado del esfuerzo y de la puesta en acción de sus habilidades y destrezas deportivas y no por la utilización de la trampa y la actitudes de violencia excesiva. Ganar es importante, pero no a cualquier precio.
- Interesarnos por el enfoque de la práctica deportiva por parte del entrenador de nuestro/a hijo/a, solicitándole información sobre las características del deporte, el reglamento, lo que espera de los padres de sus deportistas, planteándole nuestras dudas e inquietudes. Asistir, participar y colaborar con el entrenador/a cuando nos convoca a una reunión. Preguntar al entrenador/a educada y discretamente (en un lugar y momento adecuados) cuando hay algo que no comprendemos o no nos gusta lo que hace. Delegar en el entrenador/a la labor-tarea de la educación de nuestro/a hijo/a al hacer deporte.
- Mantenernos tranquilos y confiar en nuestro/a hijo/a cuando, durante un entrenamiento o una competición, comete un error o no le salen las cosas. Evitar lo reproches al final de las competencias deportivas sobre lo que hizo mal o dejó de hacer, reforzar los aciertos y el progreso en el desarrollo de sus habilidades y destrezas: “que buenas tableadas hiciste…” “estupenda manera de abrir los huecos…” “cómo has avanzado en tus corridas…” “qué bien proteges al quaterback…” “qué buena atrapada hiciste…” etc.
- Mostrar respeto y cordialidad en las competiciones con entrenadores y deportistas de los equipos contrarios. Aplaudir las buenas actuaciones tanto de nuestros propios hijos/as como las de sus compañeros/as de equipo y del equipo contrario. Elogie a su hijo/a por ser buen compañero/a de equipo.
- Respetar, comprender y apoyar la función de los árbitros en las competiciones. Las quejas y protestas pueden plantearse a través de los canales adecuados, en lugar de hacerlo en público.
- No olvidar el resto de miembros de la familia, consiguiendo que ninguno se sienta especialmente rechazado o ensalzado/encumbrado por el deporte que practica. Es importante no olvidar que nuestro deportista es un integrante más de nuestra familia y no el único, por lo cual los demás integrantes podrán sentirse relegados por ponerle demasiada atención a sus necesidades deportivas, desdeñando los intereses de los demás hijos/as. Esto lleva a enfocarse sólo en nuestro deportista, generando envidias y rencores entre hermanos que poco ayudan en la formación de nuestros hijos y sí son una distracción en el rendimiento deportivo.
Esperando sea de utilidad estas reflexiones, preparándonos para cada día ser mejor padre o madre de familia y en especial de nuestros hijos deportistas.
Con afecto Daniel Robles Torres. Papa de Tachidito

